Entrevistamos a Boris Izaguirre: «Sé estar en un plató de televisión y sé escribir una novela»

©Mario Temiño

Con una carrera más que envidiable tanto en la literatura como en televisión, el venezolano y exitoso Boris Izaguirre acaba de publicar Un jardín al norte, una novela sobre la deslumbrante vida de la conocida espía del siglo XX Rosalind Fox.

En plena promoción del libro, y de sus viajes entre España y Miami, conseguimos un hueco para poder hablar tranquilamente con él y que nos cuente todos los detalles de su nueva novela y de la protagonista tan polémica que hay detrás de ella.

Sin duda, Boris Izaguirre es uno de los talentos literarios del momento, y junto a la televisión, son dos cosas que sabe compaginar a la perfección.


TITULARES:

‹‹Un jardín al norte era un Goliat tremendo y con mis armas he sabido defenderlo y hacer una buena novela››

‹‹Si Rosalind Fox pasa hoy en día, nadie se la tomaría en serio solo por ser mujer››

‹‹En los últimos años la televisión ha insuflado de espectáculo todo lo que toca, incluyendo la información››

‹‹No hay país más divertido en el planeta que España››

‹‹Hay que estar muy informado para hacer un buen entretenimiento››


- Después de varios libros de éxito publicas Un jardín al norte, ¿por qué decides ahora escribir sobre un personaje real como Rosalind Fox?

Me parece que cada vez es más atractivo para la gente leer historias que son reales, o que al menos puedan tener ese envoltorio de lo real. De todas las cosas que Rosalind Fox me ha dado, la más importante es que me ha permitido hurgar en el siglo XX, que creo que para los lectores, y para mí, es el gran interés. Una de las características del siglo XX es que ha conseguido reunir tal cantidad de cosas en su entorno como tantas guerras, tantos cambios políticos… hay hasta cambios climáticos y, sobre todo, las mujeres empiezan también a encontrar su sitio, su voz y su independencia. Rosalind Fox me pareció que reunía todas esas cosas y, sobre todo, pensé que los primeros treinta años de vida de ella son unos años muy convulsos en el siglo XX. Así fue como la novela se plantó delante de mí.

- A diferencia de tus otras novelas, ¿qué parte de creatividad te ha dejado escribir sobre algo como la vida de Rosalind?

Toda. Me gusta decir que esta es mi novela con más oficio. El hecho de hacerla en primera persona ya es un reto, porque creo que desde Azul petróleo (1998) no había vuelto a usar la primera persona en una novela; hacer que la rutina, la realidad, el día a día y la intimidad de mis personajes fuera lo primordial y detrás la historia; ese juego de planos ya me inundó, y luego ella misma, Rosalind Fox. Se sabe poquísimo de ella y su rumorología es muchísima. Por jugar tantas veces, y maquillar su verdad, dejaba unos espacios inmensos donde podía entrar con mi ficción. Fue un cóctel genial. Es muy curioso, en la vida, cuando una historia viene a ti, y a mí me ha pasado con Un jardín al norte y he sabido defenderme. Era un Goliat tremendo y con mis armas he sabido enfrentarlo y hacer una buena novela.

- ¿Qué te dijo María Dueñas cuando supo que ibas a escribir sobre uno de los personajes de El tiempo entre costuras?

Inmediatamente me ofreció sus fotocopias sobre las memorias de Rosalind Fox. Me acabo de encontrar con su hija y le he preguntado qué hago con las fotocopias, porque aún las tengo, no las he devuelto y tampoco creo que las vaya a devolver porque es un material secreto.

Es verdad que ella maquilla mucho sus memorias, pero eso se ve y se entiende con las cosas que fueron muy importantes para España y para Europa en el siglo XX. Ella fue una persona que estuvo en esos dos sitios, ese es su atractivo. Estoy convencido de que ella era la causa por la que Franco terminó desistiendo de cualquier tipo de alianza con Hitler. Eso es un peso muy grande en una vida y es muy difícil de demostrar, porque la única manera que tenía ella para demostrarlo era reconociendo que era la amante de Beigbeder, una de las personas de confianza máxima de Franco hasta que Serrano Suñer decide quebrantar esa confianza por ella. El rol de esa mujer fue importantísimo y pienso que Dueñas ha tenido una magnanimidad muy rara encontrada entre escritores. Creo que ella consideró que yo podía darle ese aliento y esa vida a Rosalind Fox.

- ¿Qué pensaría Rosalind Fox si pudiese leer Un jardín al norte?

Pienso que estaría encantada. Lo digo en voz pequeña porque es una persona que no está entre nosotros, pero de verdad creo que estaría encantada totalmente. De haberla conocido, pienso que habría entendido por qué ella estaba realmente desesperada por encontrar cómo contar todo lo que la representaba, porque creo que todo el mundo saboteaba esa verdad solo por ser mujer y a mí eso me pareció muy discriminativo. Si Rosalind Fox pasa hoy en día y se viese envuelta en una investigación contra la precedencia yihadista en España, por ejemplo, nadie se la tomaría en serio solo por ser mujer.

- Como bien me comentabas, ¿por qué decides escribir precisamente este libro en primera persona?

En primer lugar porque me pareció que así el libro iba a tener la velocidad que yo quería que tuviera. Cuando lees e investigas sobre Rosalind Fox, -que fue una mujer muy longeva-, sus primeros años de vida fueron súper veloces, los vivió como si se fuese a morir cada día. Y tenía razones para morirse cada día, ya que pilló una enfermedad tropical que no sabían muy bien lo que era. Luego es una espía sumamente arriesgada; cosecha enemigos como quien toma agua. Era una mujer que iba a una velocidad tremenda y yo no tenía otra manera de contar eso si no fuera oyéndola. Me pareció que no hacerlo de esa forma iba a colocar una barrera absurda entre nosotros. Sí que es verdad que, una vez tomada la decisión de escribir la novela en primera persona, cayó en mí el que no soy mujer y que lamentablemente no pienso como una mujer, y justamente fue eso lo que me llevó a tomar la decisión, porque vivo rodeado de mujeres y me paso el día oyéndolas. De lo que escucho de ellas, y de lo que veo cómo van construyendo esos diálogos increíbles que van de un sitio a otro y siempre vuelven a lo mismo, salió mi pequeña llave para abrir esa puerta y colarme.

- Ahora que me hablas de esto, ¿qué han significado las mujeres en tu vida?

La gran solidaridad. Encuentro que las mujeres han sido increíblemente solidarias conmigo desde el día uno. Mi mamá era una persona muy solidaria conmigo, jamás quiso quebrantar ninguna de mis decisiones, jamás quiso imponer otro criterio que no fuera el que compartiéramos. Mis amigas del colegio siempre estaban ahí para defenderme cuando me metía en unos jardines bastante complicados, mis amigas de ahora en esta ciudad como Madrid siempre han sido ellas las que han venido a cogerme del brazo, siempre es una amiga. Esta novela, sinceramente, es como una gran retribución. Sin duda, es un devolver todo lo que yo he aprendido de ellas; es como yo desearía ver el mundo, y me parece que las mujeres no están muy sobradas de héroes en su sexo por más que en la literatura cada vez haya más héroes femeninos. Rosalind Fox es luminosa y valiente, es estimulante a ratos, y a otros provocadora, pero es todo luz y así es como me gustaría que todas las mujeres encontraran su sitio en nuestra sociedad.

- Supongo que para escribir un libro como Un jardín al norte has tenido que hacer un grandísimo trabajo previo de documentación sobre Rosalind, ¿cómo ha sido esta etapa antes de ponerte a escribir?

Es verdad que haces una investigación, pero en el fondo los libros no se escriben de ayer para hoy, yo creo que se escriben de veinte en veinte años, tengo esa teoría. Por ejemplo, en el año 1988, regresando de una fiesta de cumpleaños, me iba a estrellar con el coche de mis padres; tenía veinte tres años, eran las ocho de la mañana, me había quedado dormido y cuando me desperté vi el peligro y frené. En ese momento vi la palmera que sobresalía de la casa que Joe Poty construyó en mi ciudad de Caracas en el año 1983. En 2005 esa visión volvió a mí tan profundamente que se convirtió en Villa Diamante, que es la historia de cómo se construyó esa casa en Caracas en el siglo pasado y que posteriormente fue la novela Finalista al Premio Planeta.

 Creo que con Un jardín al norte toda mi fascinación por los años treinta, -tanto la guerra civil como las dos guerras mundiales-, y todo lo que he ido cultivando, informándome sobre fechas, películas que se hicieron en la época, ciudades importantes por aquel entonces como Madrid, Lisboa, Tánger… Justamente Rosalind Fox pasó por todos esos sitios y, de repente, fue como que todo eso de lo que yo estaba leyendo y aprendiendo sin saber para qué, se estaba cosiendo para hacer Un jardín al norte.

Es muy difícil saber cuánto tiempo te puede llevar escribir un libro porque puedes pasarte toda tu vida cosechando y esperando que el tiempo llegue para escribirlo. Escribir Villa Diamante me costó veinte años y he estado otros cuarenta y siete años aprendiendo a escribir Un jardín al norte.

- Es una obviedad decir que Rosalind Fox fue una gran mujer. ¿Cuál es la característica que más admiras de ella?

Que sabe diferenciar atractivo de belleza y apariencia de aspecto. Es verdad que a mí me ha permitido desarrollar y envolver bien al personaje toda esa primera parte de las apariencias, pero también es verdad que ella hace mucha mención de ello en sus memorias, castiga mucho eso de las apariencias. Luego es cierto que una espía tiene que estar rodeada de apariencia. Me gusta mucho el hecho de que ella realmente no es guapa pero se hace guapa porque es atractiva, y esas son sus grandes cualidades. Era experta en entender a la gente, sabía leer muy bien a las personas solo con una mirada.

- Con Villa Diamante conseguiste ser Finalista del Premio Planeta en 2007, ¿qué supuso en tu carrera como escritor este reconocimiento?

Un alivio, porque permitió un poco que mi manera de escribir y mi estilo consiguieran una denominación de origen, y eso es muy importante para un autor que publica: que tus lectores sepan con anterioridad qué es lo que van a encontrar, y tú a la vez ofrecerles algo nuevo en cada libro. Eso es lo que a mí me dio el Premio Planeta, más allá de pertenecer a un club que es sofisticadísimo y maravilloso; cohesionó mi estilo.

- Supongo que ese reconocimiento es importante para alguien que en ese momento viene de una fama algo polémica en televisión…

Tampoco es necesario. Encuentro que la televisión y yo hemos tenido una relación totalmente azarosa y que al final siempre ha salido bien y llevamos años jugando a eso. No pienso que ninguna de las dos se necesiten ni que vapuleen a la otra. Me parece que la escritura y la televisión son dos elementos en los que yo me muevo con muchísima facilidad y, por ejemplo, no sé cocinar, y es bastante probable que tampoco sepa conducir, pero sé estar en un plató de televisión y sé escribir una novela. No son cosas tan incompatibles ni tan complicadas. Hay gente que sabe hacer un coche, otra que sabe pilotar un avión y yo creo que lo que sé hacer bien son esas dos cosas: entender perfectamente cómo es un programa de televisión, entender perfectamente cuál es la novela que quiero escribir en cada momento, y saber qué requiere cada uno. E, independientemente de eso, tengo lectores y espectadores y algunas veces se mezclan, como en Un jardín al norte, porque es una novela que tiene un buen poder de convocatoria.

- Ahora está muy de moda que los escritores queráis llevar vuestros libros a la gran pantalla, ¿es Un jardín al norte tu novela más cinematográfica?

No lo sé, porque mis novelas son todas muy cinematográficas y creo que esa es una fuerza de mi estilo, porque describo exactamente como si estuviese viendo una secuencia. Creo que es un sueño y, como los sueños, si se hace realidad es genial, pero mi problema es que la figura del autor del libro en una producción cinematográfica es un tipo que molesta y es un fastidio, entonces no sé si estoy muy dispuesto a ser esa persona.

- En la escritura siempre has andado entre la novela y en el ensayo, ¿en qué género te sientes más cómodo escribiendo?

Creo que con la novela. Los ensayos eran porque no tenía historias que contar, siento ser tan brutal en esto, pero no siempre tienes la suerte de tener una buena historia que contar.

Entre El vuelo de los avestruces y Azul petróleo hubo siete años de distancia, y siempre anhelo tener esa distancia entre novela y novela, y últimamente no ha sido así porque desde 2007 todo han sido novelas. Cuando tenía esos intervalos de tiempo proponía escribir un ensayo porque así no estaba en mi casa viendo la vida pasar y sin escribir.

- Prensa escrita, radio, televisión… ¿En cuál de todos estos medios crees que llegas de una forma más directa al público?

Es difícil, porque la televisión es lo más directo, pero sí que es cierto que en los últimos años ha insuflado de espectáculo todo lo que toca incluyendo la información. Yo en el fondo encuentro más personal mi trabajo en la ficción, y creo que es más mi verdadero yo, pero eso no significa que sea directo.

- Crónicas marcianas fue un programa que hizo historia en la televisión de España, ¿qué ha supuesto para tu carrera haber trabajado en él?

Son los hitos de mi vida. Formo parte de la generación que escribió las telenovelas venezolanas que se exportaron al resto del mundo, formo parte de Crónicas marcianas que es un programa que cambió totalmente la televisión en España, soy Finalista del Premio Planeta y he escrito Un jardín al norte. Esas son mis columnas principales. Que precisamente ahora esté trabajando en la televisión de Estados Unidos es por haber hecho Crónicas marcianas y porque, aparte, soy también escritor. Eso a ellos les asombra tanto como a los españoles y consideran que es un plus increíble ser una persona que mezcla perfectamente medios de comunicación. El recuerdo principal de Crónicas marcianas es que fue un programa tan bueno que era su propio universo, y es muy difícil que suceda en televisión. Era un programa que la gente veía no por lo que te estaban contando si no por lo que pasaba todos los días. Era un show increíblemente bien armado porque tuvo la magia de tener su propio lenguaje, sus personajes y su universo en el que se contaba una historia cada noche.

- ¿Y ha cambiado mucho la televisión desde entonces?

Según lo que yo observo es toda guionizada. Ahora con la promoción de Un jardín al norte he ido a un montón de programas de televisión y encuentro cómo increíblemente está todo guionizado. Lo único que puede recordar de alguna manera ese estímulo, esa provocación y ese encanto, que es un poco herencia de Crónicas marcianas, es El Hormiguero, pero básicamente porque allí trabajan las principales cabezas de aquello.

- ¿Crees que un programa como Sálvame es el Crónicas marcianas de hoy en día?

Sálvame es Sálvame. Es buenísimo siendo como es y no le debe nada nadie.

- Pero en la forma de escandalizar y hacer espectáculo algo tienen que ver…

Pero escandaliza porque nos escandalizamos. Tenemos una naturaleza proclive al escándalo porque nos encanta y es algo que te estimula muchísimo y te da como vida. Una vida sin escándalo es aburridísima. Te lo digo yo ahora que estoy viviendo en Estados Unidos, donde el escándalo es otra cosa y ellos no tienen esa facilidad de escándalo que tenemos los latinos, y por eso la echan muy en falta, porque se aburren horrores. No hay país más divertido en el planeta que España. Es un país donde todos los días pasa algo que te hace estar pegado a la televisión, y en ese sentido pienso que es una cuestión innata nuestra. A Dios gracias que tengamos esa capacidad de escandalizarnos, porque eso muestra que estamos vivos.

- A lo largo de tu carrera has trabajado con numerosas personalidades de la televisión, ¿cuál de ellas crees que ha sido tu mayor maestro dentro de este medio?

Son tantas… Si hiciera el currículum de “he trabajado con” sería increíble realmente, y al mismo tiempo levantaría la sospecha de por qué él no es como ellos. En cualquier caso todo ha sido como azar. Tengo muy buenos recuerdos de lo poco que he compartido con Mercedes Milá porque me entusiasma el entusiasmo de ella; me encanta también la coherencia y conocimientos que tiene María Teresa Campos; me entusiasma también de Ana Rosa que es totalmente profesional, para ella su programa es totalmente informativo y todo se trata de informar, desde la política y los sucesos hasta la revisión de Gran Hermano, y eso me asombra y me gusta. De Javier Sardá me encantaba su capacidad de dirección, que era enorme. La capacidad de entender cómo hacer que tú dieras una vuelta y siguieras dando lo mejor de ti. Cabrujas en Venezuela era un escritor que entendía perfectamente bien que la gente, aunque estuviera viendo una cosa totalmente estructurada y tan organizada como es una serie de televisión, quería ver y oír una historia, y sabía contarla.

- ¿En qué se parece el Boris showman al que estamos acostumbrados a ver con el del día a día?

En que es muy enérgico. Tecleo con mucha fuerza.

- Has trabajado tanto en programas de entretenimiento con de información, ¿cuál de estas dos formas de concebir la televisión prima más a tu forma de ver?

Creo que hay que estar muy informado para hacer un buen entretenimiento. Creo mucho en el entretenimiento y Un jardín al norte es una novela de entretenimiento en la que entras en la historia del siglo XX de la mano de una persona que te va llamando la atención y generando situaciones que mantiene atenta tu lectura, y eso es a la vez entretenimiento e información.

- Ahora estás trabajando en la televisión de Miami, ¿cómo estás viviendo esta etapa?

América es muy seria, te profesionaliza al máximo y creo que es a lo que todos aspiramos, a vivir una experiencia como esa. He estado rodeado de superprofesionales de esa parte del  mundo, como por ejemplo la cantante y actriz mejicana Lucero. Es una superestrella del mundo latinoamericano, es una mujer increíblemente profesional y con solo verla pienso que jamás llegaré a estar a esa altura. Veo como la televisión es completamente otra en un país tan grande con una población hispana tan grande como es Estados Unidos. Es verdad que es la televisión hispana, es verdad que en la televisión americana los canales generalistas llegan a ciento cincuenta millones de personas y la televisión hispana llega a cuarenta. Al mismo tiempo tienes que darte cuenta de lo que es Latinoamérica y lo que es Estados Unidos, y todo en cuestión de segundos. Hay cosas que aprendes, como por ejemplo que no hay tiempo. Estamos acostumbrados en la televisión en España a los programas manta que duran cuatro horas, En América no existe un programa que dure más de cuarenta minutos, exceptuando la muerte de Kennedy o la persecución de O. J. Simpson. Son cuarenta minutos en los que tienes cortes de publicidad cada siete minutos y en los que te obligan a decir lo que aquí estás acostumbrado a hacer en hora y media.

- Para terminar, a estas alturas de tu carrera, ¿qué te ha dado más satisfacciones, la literatura o la televisión?

Mi matrimonio, porque ha ayudado a una buena parte de mi carrera. Son veintitrés años juntos, nueve casados, -desde que existe la ley-, y ha sido un desarrollo continuo. Rubén y yo nunca nos hemos quedado parados, siempre hemos ido avanzando. Mi manera de pensar, de organizarme… es todo gracias a Rubén. Ahí están las cosas que yo hice solo como El vuelo de los avestruces o Azul petróleo, que son novelas expulsadas con una especie de violencia innata, y a partir de un cierto momento de mi vida todo ha sido más literatura. Ha sido una bendición complicada y con errores, como cualquier matrimonio, pero exitosa porque Rubén y yo somos como oxígeno, y me doy cuenta cuando llegamos a un sitio y hablando la gente nos pregunta cómo hacemos para estar tanto tiempo juntos con todo lo que hemos pasado… Nos hemos entendido desde el primer día muy bien.

Fotografía principal: Mario Temiño
Agradecimientos a: Planeta de libros

Mario Temiño

Nacido en Madrid. Parte creadora. Entrevisto y escribo sobre libros en YourWay Magazine. Cine. Televisión. Técnico en producción audiovisual y aficionado a escribir y leer en mis ratos libres.

2 Comments

  1. M. Carmen 26/02/2015 at 09:20 -  Responder

    Grandes, los dos. Boris por su ternura y su sencillez. Tú por haber sabido sacar esa realidad. Por la limpieza de tus cuestiones. Gracias a los dos por vuestra profesionalidad.

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