CRÍTICA DE TEATRO | “El coronel no tiene quien le escriba”, de Carlos Saura

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Gabriel García Márquez dijo que era su mejor libro, pero que tuvo que escribir “Cien años de soledad” para que la gente se interesase por la historia del coronel.

Un coronel que sirvió a Aureliano Buendía. Un coronel que tiene lo que para él es lo más importante, el amor de su mujer y el gallo que les une a su hijo acribillado a balazos, pero ahí se acaba la lista. El coronel no tiene quién le ampare, no tiene quién le preste ayuda en lugar de regalarle lástima y lo peor de todo es que “El coronel no tiene quien le escriba”.

El argumento es el que dejó el escritor. Un tanto recurrente, gente que pasa necesidad y gente que se aprovecha de ello. Se dejan caer algunas gotas de tinte de humor, pero maldita la gracia. Una historia muy dura que podríamos extrapolar temporal y geográficamente y quizás sea eso lo que más me preocupe. De una u otra forma, en uno u otro sitio, hay mucha gente comiendo mierda y a los que no nos llega el olor parece darnos igual.

Tengo una opinión muy clara en cuanto al elenco. La mejor es la Doña (Cristina de Inza). La voz del coronel (Imanol Arias) no me llegó con la proyección que esperaba. A lo mejor me meto en un jardín diciendo esto y entiendo que es el gancho de la obra por ser la figura más conocida del cartel y venir de donde viene, pero empiezo a pensar que es verdad que la tele encasilla, con todos mis respetos. A su favor diré que este tipo de personajes le vienen como anillo al dedo y eso hace que lo anterior se note menos. Los secundarios salvan los muebles, pero no eclipsan a los protagonistas, que puede parecer de cajón, pero a veces pasa. No sé con cuál me quedaría. Sabas y el abogado (Jorge Basanta) no están mal, pero son personajes un tanto despreciables. Con lo cual, instintivamente, me pongo del lado del médico (Fran Calvo). Marta Molina, que lo mismo te da una carta que te sirve un trago de aguardiente, no tiene la oportunidad de lucirse, por desgracia.

Supongo que el no tener un gallo de carne y pluma mata dos pájaros de un tiro, con perdón de la expresión. Por una parte se descartan los imprevistos por la conducta espontánea del ave y por otra se ahorran las críticas de las asociaciones animalistas.

El decorado simplemente evidencia la miseria de los personajes. Original el pinta y colorea de los diferentes escenarios. Acertada, bajo mi punto de vista, la decisión de no ocultar en ningún momento la casa de los protagonistas. Como si el director quisiera transmitirnos con ello que el coronel en ningún momento se quita de la cabeza la razón por la que llama a todas las puertas, la razón por la que lucha, que no es otra que su mujer y las penurias que pasa.

Un apunte para los supersticiosos: es octubre, en octubre llueve (aunque cada vez menos) y los personajes tienen que resguardarse del aguacero. A ver cómo lleváis lo de ver un paraguas abierto bajo techo.

Recomendable sobre todo para aquellos que en un teatro esperan algo más que risas, para aquellos a los que no les importa que se les encoja un poquito el corazón. Desgraciadamente la vida no es una eterna comedia. Siendo consciente de eso, me quedo con que yo también quisiera ser capaz de sacar fuerzas para ponerme a bailar siempre que barrunte tormenta, siempre que asomen todos los octubres de mi vida.

Quizás sea porque añore mis primeras visitas al teatro, pero no me cansaré de pedir más obras clásicas.

Es muy probable que no sea lo mismo leerla que verla representada y no sé cómo será de difícil la lectura, pero sobre las tablas es una obra un poco densa, es Don Gabriel. Si vais a verla, no digáis que no estabais avisados, ¡carajo!

MÁS INFORMACIÓN | El coronel no tiene quien le escriba

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Margarita Pérez

Me apasiona que me cuenten historias desde las tablas, desde la gran pantalla o desde la caja lista. ‘Mary Poppins’ me enganchó al cine, ’10 negritos’ al teatro. Nací con una tele debajo del brazo y un lápiz en la mano izquierda. «Librívora» desde la cuna. Escribo porque no sé vivir de otra manera. Ingeniera de Telecomunicación. Madrid, Madrid, Madrid…

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