CRÍTICA DE CINE | Vulcania, una utopía que se queda a medias

Una sociedad distópica en la que los habitantes estás separados en dos grupos y cuyo eje central es una fábrica en la que trabajan todos, sin atreverse a cruzar la frontera hacia el exterior. La historia se centra en Jonás, un hombre que acaba de perder a su familia. Con motivo de ello inicia una investigación en la comunidad junto a Marta, mujer que ha sufrido una situación similar a la suya, y que les llevará a descubrir los secretos que guardan sus líderes.

Bajo esta premisa el director José Skaf presenta su largometraje Vulcania. A primeras lindes, quien haya leído la sinopsis se le vendrá a la cabeza la película de El bosque de M. Night Shyamalan, y hace bien, pues la película del realizador argentino guarda muchas similitudes con la anterior, e incluso ha admitido que se inspiró en ella.

Un pueblo perdido entre montañas, delimitado por una frontera que nadie se atreve a pasar, y con una sociedad conforme con vivir según las reglas que han establecido los jefes sin ni siquiera preguntarse qué hay más allá. Sin embargo, Skaf viene a mostrar precisamente eso, descubrir que hay más allá.

La película tiene un argumento que de primeras suena interesante. Sin embargo, todas esas buenas ideas que han tenido Skaf y Diego Soto, guionista de la película, parece que se han quedado a medias. El resultado es una narración algo confusa, con elementos «metidos a calzador» y que no aportan nada a la trama (el protagonista adquiere poderes de magnetismo y controla el metal) y con un final que no queda cerrado, dejando confundido al espectador.

A todo ello se le suma la gran cantidad de planos secuencia y de paisajes y los poco diálogos que hay en el metraje, haciendo que el protagonista, Jonás, se quede más de media película oteando el horizonte, lo cual hace lenta y pesada la hora y media de duración de la película.

Si algo hay que destacar es el reparto que compone la trama, en la que participan grandes  figuras del cine español. Aura Garrido se pone en la piel de Marta, mujer que ayuda a Jonás en su investigación,  y que supone un papel más maduro y sensible para la actriz que en sus trabajos anteriores. Jonás es interpretado por Miquel Fernández, quien nos hará sentir el trauma y deseos de conocer la verdad que tiene el protagonista, así como la melancolía en sus numerosas miradas al infinito.

Ginés García Millán actúa como el líder de la comunidad, un hombre que guarda un gran secreto que no quiere dar a conocer y que hará lo necesario para mantener su utopía. Junto a él está un magnífico, como siempre, José Sacristán, interpretando a una especie de predicador del lugar quien es el encargado de calmar y adoctrinar a las masas. Ana Wagener y Silvia Abril completan el grupo de los «villanos», con correctas actuaciones en el papel de desconfiada la primera, y de buena esposa la segunda, aunque con poca relevancia en la historia.

Ellos darán vida a esta trama de ficción en la que lo más logrado, aparte de las actuaciones, es la fotografía, que nos sumerge en un entorno que se asemeja mucho a la industrialización del siglo XIX. Una historia que partía de una buena premisa, pero que se ha quedado a medias.

Daniel San Juan

León. Periodista. Me fui a Madrid para realizar el Máster en Comunicación de El Mundo. El cine es una de mis grandes pasiones y me encargaré de traer las novedades más recientes respecto al mundo de los largometrajes.

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